Las primeras reacciones

  • admin.milani
Posted: Mié, 2021-05-19 17:08

El libro sostiene que la razón de obligar a todas las criaturitas españolas a estar diez años de su vida en la escuela (de los 6 a los 16) es procurar su igualdad democrática y corregir las desventajas de clase social, familia, etc. ¿Será verdad? Y añade que la escuela está para enseñar. No para educar, porque eso se produce en la vida misma y durante toda la vida..., no bajo programa. ¿Por qué todos quieren que las escuelas se distingan por sus ideologías y que eduquen en ellas a todos sus alumnos?

- La 1ª reacción escrita salió en Vida Nueva de mano de María de la Válgoma que escribió: "Estamos ante una auténtica revisión de la escuela, pública y religiosa, de sus errores y de sus posibles alternativas, para que juntos podamos llegar entre todos a educarnos mejor. Lo recomiendo por: su crítica profunda y por mostrar un nuevo humanismo en el que cada uno es responsable de todos". Puede verse en el adjunto abajo.

- Desde la radio diocesana de Canarias Eugenio Rodríguez hizo al autor una larga entrevista radiofónica que se puede escuchar en: https://ahoramqnunca.blogspot.com/2020/09/con-la-escuela-hemos-topado-jose-luis.html

- La revista Magisterio publicó una entrevista realizada por Rodrigo Santodomingo y puede verse en el adjunto abajo. En https://www.magisnet.com/biblioteca/verdades-e-incognitas-sobre-la-educacion/ se reseña.

- Una recensión fallida en Cuadernos de Pedagogía fue la de Manu Andueza y puede verse en el adjunto abajo: REC_Manu_topar.pdf

- La revista Alandar también presentó el libro el 31.8.2020 y puede verse adjunto abajo.

- El órgano oficial de los escolapios, Ephemerides Calasanctianae, publicó (en 4 lenguas) una recensión del p. Javier Alonso que puede verse adjunta abajo: REC_Eph_J_Alonso.pdf 

- Y también el escolapio Jesús Lecea (ex-general de la Orden) escribió sobre el libro en Educar(NOS) 92 (2020) 18-19: https://www.amigosmilani.es/?q=node/1859  

- Un experto librero y bibliófilo escribió desde Zaragoza el 9.7.2020:

"Hoy acabo de leer el libro. Me he reconocido en las ideas fundamentales que se destilan del texto: educar-nos, dar la palabra, la educación como asistencia al parto del yo, del relato sobre uno mismo. Y en la mirada serena, en absoluto idealista, sobre el drama de la escuela católica. Sobra decirte que la parte más significativa del libro es el último capítulo. No hay idealismos, ni tampoco amargura ante "la razón de Estado" que subyuga cualquier lógica alternativa. Mis monjas no entenderían una palabra de todo esto, por desgracia. Las mías y tantas otras. En fin, gracias por la compañía y la conversación".
 
- COMENTARIOS A VUELAPLUMA desde la Universidad de GIRONA: Xavier Besalú (exdirector de Perspectiva Escolar, de Rosa Sensat) el 7.9.2020:
 
"1) El capítulo que más disfruté, que más me enganchó fue el último, esa pedagogía narrativa de verdad, donde cuentas en primera persona esa historia de Salamanca, tantas veces señalada y aludida, pero, para mí, nunca tan bien contada como en ese capítulo. En él me sigue estremeciendo la carta de Milani a Scarsella, la joven que te dio un toque milagroso en aquel doposcuola romano y tu autocrítica por broncas y Simca... todo!
 
2) Del capítulo central y sus 3 auxiliares: de verdad, vi reflejada y explicada con toda claridad y contundencia tu perseverante distinción entre educación e instrucción. Me ha gustado además el papel que atribuyes a la instrucción como base y como componente significativo de ese crecimiento personal que llamamos educación.

Me habría gustado que explicases todavía más, y mejor si fuera posible, todo lo relativo a lo simbólico, al misterio, a lo totalmente Otro. Los desafíos y las relaciones, en esa antropología personalista que reivindicas, me parecen suficientemente claros, pero para una mente obtusa como la mía necesitaría más argumentos, más concreciones, más sobre esa inteligencia simbólica, que me parece también a mí necesaria e imprescindible, pero que no acabo de saber explicar (y ya sabes: aquello que no sabes explicar a un niño, como un cuento infantil, debe ser que no está tan claro...). Por cierto: ya sabes que Octavi Fullat ha escrito mucho sobre antropologías en sus "Filosofías de la educación". Una de las que categoriza es justamente la antropología pesonalista en la que mete, oh sorpresa, a Milani y a Freire! Ahora debería añadirte a ti!

Las relaciones y coincidencias entre Freire y Milani quedan también perfectamente reflejadas. Se agradece el índice onomástico, donde, además de esos dos  referentes, y además de Corzo, he vista repetidos a Balducci y a Adele, a Francisco y a Pablo VI, y por supuesto a Jesús. Queda claro que eres un seguidor casi fanático del papa Francisco. No he sabido encontrar ni una sola crítica a sus palabras y a su pontificado. Probablemente tengas razón, pero esa curia, esas inercias, ese Vaticano... Mejor que haya suerte y pueda llevar adelante lo que parece que tiene en el alma...

El Capítulo Auxiliar que dedicas a los jóvenes de hoy me ha parecido tal vez el más flojo del libro. Hay mucho escrito sobre ello y debe ser mucho lo que desconocemos todavía, pero aquí me ha faltado esa intuición tan tuya, esos retazos que retratan una realidad... No sé yo...

3) En cuanto a tu Teología de la Educación, me ha gustado una vez más que fundamentes tu apuesta (no solo tuya) por la secularización de la escuela, de la vida e incluso del currículo. Igualmente, me ha gustado reseguir contigo esos ires y venires de la Iglesia con la escuela católica, con la pastoral juvenil y con la enseñanza de la religión...

UN EXPERTO en ESCUELAS de 2ª OPORTUNIDAD escribió desde Bilbao. Roberto Gcía Montero

Escribo ahora que acabo de cerrar la última página de este último libro, que había reservado para mis vacaciones. Me parece uno de los escritos con mayor profundidad, y eso que todos la tienen, de un autor sobre el que no existe la más mínima sospecha de superficialidad. He de confesar que esa profundidad me ha supuesto un esfuerzo, porque subyace tal cantidad de contenido que cualquier lectura ligera no haría honor a lo que trata de transmitir el conjunto del libro y cada párrafo que lo compone. No encuentro nada "sobrante".

Mi primera sensación es la de un libro que condensa la vida y experiencia del autor sobre los dos pilares que la han guiado: la educación y la experiencia religiosa. Enhorabuena. Parte de esa sensación se ve reforzada por el último capítulo y su estilo literario, narrativo en primera persona. Ese capítulo me ha resultado muy enriquecedor, por las conexiones (a distancia) que he ido teniendo con Santiago Uno, la FP y ciertas personas – como el propio autor – que han formado parte de su historia hasta la fecha. 

La misma profundidad del texto me lleva a pensar que no va a ser un best seller en este momento social en el que lo superfluo, desgraciadamente, va ganando terreno entre las personas y en los medios de comunicación (noticiarios, periódicos, diversas redes sociales digitales, etc). Es una pena para todos y todas a los que nos apasionan esos dos grandes temas, unidos o por separado. Trataré de recomendar el libro o partes de él a los posibles lectores que yo prevea que pueden acogerlo como descubrimiento o crecimiento personal.

Por otra parte, me resulta muy grato leer escuela "de segunda oportunidad" al hablar de Santiago Uno. Leer ese rasgo, con ese término, en uno de los padres de la criatura me agrada especialmente ahora, que el actual Santiago Uno ha sido reconocido y acreditado como “Escuela de Segunda Oportunidad” por la Asociación Española de E2O. Ojalá este vínculo les sirva a los salmantinos para mejorar su práctica educativa y ayudar a sus chicos y chicas. Y, al resto de escuelas de la red, para aprender las buenas prácticas que existen en Santiago y en la FP Lorenzo Milani.

Alfonso Díez Prieto escribió un serio comentario, desde su honda experiencia sindical y escolar   

UNA NECESARIA LECCIÓN DE REALIDAD

Alfonso Díez. Noviembre, 2020

Hay libros con muchas páginas que dicen poco por reiterativos y se podrían reducir a menos de la mitad, sin dedicarles más tiempo del que merecen. Otros, más modestos en extensión, condensan mucho más conocimiento, experiencia y propuestas; y dan para reflexionar y discutir ampliamente. Son los buenos.

Es el caso de este libro de Corzo (con un subtítulo crucial): sin empujar te obliga a varias y atentas lecturas y te acompaña como un amigo con quien dialogar. Introducirse en él exige mucha atención, porque es directo, ilustrado y radical (va a la raíz) y te provoca a cuestionarte y a intervenir. Lo de radical se lo debo a mi hijo Javier: “Toma, lee lo último de Corzo, a ver qué te parece y me lo dices”. Semanas más tarde me dijo: “Es radical y valiente, difícil de asumir por unos y por otros que tanto hablan de pacto educativo”, sin sentarse – añado yo – a consensuar, por fin, una ley educativa estable. 

A la escuela se le suele pedir demasiado y los docentes se quejan. Se mete en ella de todo, como en un cajón de sastre, y acaba en un desastre de cajón. Cada vez más materias a impartir en menos tiempo y todas exigen su lugar relevante, nada de marías. ¡Hasta se le pide que eduque!, y a gusto de los padres, con una amplia y variada carta de servicios. Hasta los centros públicos, no sólo los privados, ya lo han asumido y se lanzan a cazar clientela en una competencia feroz, bajo eso de la calidad educativa, que nadie sabe muy bien qué es. Mientras tanto, el profesorado se agobia: ¿enseñantes y educadores al mismo tiempo? ¡Es demasiado!

“La educación de mis hijos la elijo yo”, dicen sin rubor muchos padres al elegir dónde se los eduquen, y casi nunca en un colegio de la red pública rural o en barrios modestos (con alumnado muy diverso y, se supone, problemático). La libertad de elección se reduce a quienes pueden elegir: se mantiene un privilegio. A nadie se prohíbe ir a un centro comercial, pero ¿todos pueden adquirir lo que necesitan y desean? Evidentemente, no. Igual que el “derecho de elección de centro escolar”, que dicen estar en la Constitución y, a fuerza de repetirlo, pasa como una verdad social. Por eso el papa Francisco dice que “la escuela huele a dinero” y “necesita urgente autocrítica”, leemos aquí.         

Siempre me abrumó la palabra educador, como maestro ya jubilado. Hasta como padre, y como tantos otros, hice lo que supe y pude, y no siempre bien. Más errores que aciertos me alejan de pretender ser ejemplar. Al final son los hijos los que mejoran a los padres. ¿Quién educa a quién? preguntaba un reciente programa de TVE.

La respuesta recorre todo este libro a partir de la célebre afirmación de Paulo Freire: “nadie educa a nadie, así como tampoco nadie se educa a sí mismo; los hombres se educan en comunión, mediatizados por el mundo”. Corzo le ha dedicado mucha reflexión, tiempo y libros, y por el énfasis y convicción que pone en ella, es como si fuera suya, junto a su otro gran maestro, Lorenzo Milani. Benditas respuestas que nos humanizan y liberan: “A los profesores honestos que rechazan educar, cuando su preparación y su oficio es enseñar, no les exigiremos una vida ejemplar ni realizar una tarea imposible” (p. 66). De ahí la insistencia de Corzo en distinguir instruir educar. Equipararlos no parece una ambigüedad inocente, sino interesada, como atribuir a cualquier escuela lo que sucede en la familia y en las relaciones mutuas, en el amor, la amistad, la solidaridad, la cultura y las tradiciones, en el trabajo y en los valores ético-morales, en los símbolos y ritos, en la experiencia personal y en los viajes… ¡En la vida misma, sus contingencias y sus desafíos!

¿Y quieren que todo eso lo proporcione la escuela en el mismo paquete? ¿Acaso comprimido y adaptado para educar a los chicos en una sociedad competitiva? ¿Para clonarlos acríticos con el statu quo, el arribismo y el sálvese quien pueda? Son padres ansiosos por que sus hijos no pierdan el tren de la promoción social. 

El capítulo Nadie educa a nadie y su referencia a desafíos, relaciones y símbolos, me parece especialmente hermoso, oportuno y necesario, por insólito en los libros de Pedagogía. Me recuerda al Principito y el zorro: hay que crear lazos y los ritos son necesarios.

El subtítulo me parece crucial porque la Teología de la Educación trasciende la polémica menor (entre pública, privada, concertada…). “Tengo la sensación de pertenecer a un sector eclesial que se ha ahorcado a sí mismo. Si no fuera por las muchas obras silenciosas de la vocación docente surgidas en la periferia, casi perdería la esperanza” (p. 147). Se subraya la aportación pedagógica del Evangelio. Es una novedad que un profano como yo resalta y celebra, porque acerca laicidad y cristianismo en el área de la educación.

Al final, está en la narración sincera de una apasionante aventura, auténtica utopía hecha realidad en medio y a contracorriente de la escuela católica, la que precisa una urgente autocrítica: la Casa-Escuela Santiago Uno, una “Barbiana española” a punto de cumplir 50 años. Se narra su nacimiento, puesta en marcha, pedagogía y didáctica, educadores, tiempo pleno, convivencia, responsabilidad, tareas domésticas, talleres, lectura en corro de la prensa diaria, escritura colectiva, redacciones, viajes, dejarse preguntar de los invitados y el ser agricultor – no una condena – que vino con la otra joya milaniana y salmantina: la Granja-escuela Lorenzo Milani, y sus 40 años de vida. Ambas en espléndido y saludable presente, por estar en buenas manos, más un futuro esperanzador, apasionante y solidario. A fin de cuentas, realmente nos topamos con la vida y sus desafíos.