ALGO ESTREMECEDOR y real

  • admin.milani
Posted: Mar, 2021-05-18 12:54

La autora es la esposa de un exalumno de Barbiana. En la foto, ante un cuadro de juventud de Lorenzo Milani.

Posted: Vie, 2015-01-02 14:09

Nací en 1954 en El Molise, una región pobrísima del sur de Italia. La mía era una familia pobre y campesina desde generaciones. Soy la séptima de ocho hijos. En 1960 mis padres, pensando que estarían mejor, decidieron venirse a vivir a La Toscana, a un pueblecito a 30 kilómetros de Florencia. Recién llegados, ocupamos unas parcelas abandonadas por campesinos que, desde las montañas, se marchaban más cerca de la ciudad. Los terrenos que ellos habían dejado abandonados eran los menos fértiles y más incómodos.

Habíamos comenzado una nueva vida en una finca a unos siete kilómetros del pueblo. El pueblo se llama Borselli, poco más grande que un sello de correos. A la edad de seis años, mi hermana y yo comenzamos a ir a la escuela elemental: yo a primero y ella a tercero. Todos los días hacíamos siete kilómetros para ir y siete para volver, ya fuera con lluvia, nieve, viento o sol. No teníamos ni la ropa ni el calzado adecuado. Esto suponía estar caladas y muertas de frío toda la mañana. También el almuerzo era escaso y, después de tanto caminar, el hambre nos cortaba el aliento. Seguir con atención las clases en estas condiciones era agotador.

La escuela era pequeñita, con pocos alumnos de edades diversas. La clase se daba a todos juntos, de primero a quinto curso. Nosotras dos éramos timidísimas, nos costaba trabajo hasta hablar. Si la maestra me miraba yo me ponía toda colorada. Ni me movía ni hacía preguntas. La maestra nos consideraba inexistentes. No nos maltrataba, pero tampoco se preocupaba lo más mínimo por saber si nos enterábamos de algo de lo que ella explicaba. Ella iba a lo suyo y, si en el aula se notaba mal olor, nos miraba siempre a nosotras porque teníamos establo. Aquellas miradas todavía las recuerdo. Por el camino recogíamos ramilletes de flores frescas que llevábamos habitualmente a la escuela. Ni siquiera este detalle la ablandaba. También los compañeros se mantenían distantes y nosotras, que teníamos una extrema necesidad de ser sociales e intercambiar experiencias, nos sentíamos mal.

Más tarde cambiamos de casa. Los kilómetros a recorrer eran cuatro, siempre en las mismas condiciones. Mi hermana en quinto elemental dejó de ir a la escuela y mi hermano pequeño ocupó su lugar. En quinto curso elemental terminaba el ciclo y, quien quería, iba a la escuela media. La maestra me entregó el boletín de notas con este juicio: “No vale para estudiar. Tiene poca memoria y sólo sirve para los trabajos manuales. Se aconseja no continuar”. No sé por qué mi padre, que ni siquiera había leído el boletín (mi madre no podía decidir nada), aceptó mandarme a la escuela media. A mis hermanas mayores que yo no se lo había permitido. Para ir a la escuela media de Pontassieve debía llegar al pueblo, tomar el autobús y recorrer diez kilómetros.

Entonces los dramas aumentaron para mí. Me topé con una profesora de lengua italiana e historia que me usaba como válvula de escape. Yo seguía siendo la típica niña tímida, introvertida y con los habituales problemas de la escuela elemental. No sé por qué estaba sentada en el primer banco y la profesora, sin motivo, me clavaba los ojos y decía: “Tú, con esa cara de panoli, ¡fuera de clase!”. Me encogía de hombros y salía fuera sin comprender por qué. Me quedaba a la puerta esperando hasta que me hacía volver. Otras veces me decía: “Tontita, ¡responde a esta pregunta!”. Yo naturalmente, bloqueada por el desánimo, no acertaba a responder y tartamudeaba. La profesora, riendo por lo bajinis, decía: “Ya suponía que no sabrías contestar”. Los compañeros se guaseaban. Estaba fatal y no lograba concentrarme. Otras veces, siempre con la misma profesora (de la que recuerdo perfectamente su nombre, apellidos y cara), me decía: “Ven, pequeño chimpancé lunar, hoy te pregunto la lección”. Mis tragedias de siempre.

En el autobús, de vuelta a casa, un compañero de mi edad, Carlo, para hacerse el gracioso ante todos, imitaba a la profesora y me llamaba “sagrado babuino de la jungla impenetrable”. Algunos se reían, otros no. Yo no contestaba y miraba afuera por la ventanilla. Me ponía también otros motes, como “meridional”, “paleta”, etc., etc. Este suplicio se repetía cada día. En casa no podía contar nada porque, para los campesinos, estas cosas no eran problemas. Su consejo hubiera sido el de no volver más a la escuela.

Yo seguía prefiriendo la escuela a los duros trabajos del campo y, aunque no me entendieran, me gustaba aprender. Terminé la enseñanza media. También esta vez el juicio final era muy parecido al de la Primaria. Un día, hablando con el dueño de la finca, un hombre burgués, licenciado y rico, manifesté mi deseo de seguir yendo a la escuela. Me preguntó qué me gustaría hacer y yo le contesté que mi idea era trabajar con niños. Después de algún tiempo, el patrón volvió diciéndome que en Florencia había un Instituto de monjas, en el que se daban clases particulares los sábados por la tarde y los domingos por la mañana. Me atraía esta solución pero debía contar con el permiso de mi padre. Se ocupó él de hablarle. Mi padre, por un verdadero milagro, se convenció y dijo que sí.

De nuevo fue el patrón quién me colocó en Florencia. Así fue como me matriculé en el Instituto de Magisterio. Tenía sólo catorce años. Durante la semana trabajaba. Con el dinero que ganaba me pagaba los gastos de la escuela y los libros. Sábado y domingo recibía lecciones en el Instituto. Finalmente me encontraba a gusto. Hice amistades con algunas chicas de mi edad, cosa de la que tenía extrema necesidad. Los profesores daban sus clases sin tener en cuenta quienes fuéramos nosotros; a ellos lo que sobre todo les interesaba era el dinero que les permitía redondear su sueldo. Para mí todo iba sobre ruedas, y estaba contenta aunque también me supusiera mucho esfuerzo.

En esa época, un conocido me regaló Carta a una maestra, escrita por los alumnos de la escuela de Barbiana, recomendándome su lectura. Pocos días después, me leí el libro de un tirón y, de repente, una ventana se me abrió ante el mundo. Yo, que provenía de una familia numerosa, pobre, hija de campesinos analfabetos, tímida, discriminada y meridional, he comprendido que era una persona. Me he sentido comprendida y valorada. He reconocido mis capacidades, mis cualidades y mis competencias. Finalmente, en el mundo también estaba yo.

He completado mis estudios para convertirme en maestra de parvulario. Me he presentado por libre al examen y lo he superado. Algunos meses después de mi examen, la casualidad ha querido que me encontrase con uno de los autores de la “Carta a una maestra”, quien poco después se ha convertido en mi marido. Pasqualina Cassella